Peregrino de los pobres: el papa se prepara para regresar al continente de su país native

Catholic News Service

Por Francis X. Rocca

CIUDAD DEL VATICANO — Cuando el papa Francisco se reunió con el presidente de Brasil, Dilma Rousseff, el mes de marzo, en el Vaticano, poco después de la Misa de toma de posesión como papa, se informó que inició la conversación diciendo: “Quería agradecerle a usted todo lo que ha hecho en favor de los pobres”.

De acuerdo con alguien que estaba presente, el papa alabó al presidente de Brasil por haber acortado el tiempo de un viaje en el mes de enero a Chile para poder ir a la ciudad central de Brasil, Santa María, en donde el presidente fue a consolar a sobrevivientes y familiares de víctimas de un desastroso incendio en un centro nocturno.

El papa Francisco le aseguró a Rousseff que sí viajaría a Brasil en el mes de julio, cumpliendo un compromiso hecho por su antecesor el papa Benedicto XVI de asistir a las Jornadas Mundiales de la Juventud en Río de Janeiro.

Mientras que el primer pontífice latinoamericano se prepara para viajar al continente que lo vio nacer, en su primer viaje internacional como papa, viaje que durará del 22 al 29 de julio, su afirmación ante el presidente de Brasil sugiere que su acercamiento personal a la región y sus problemas servirán de ejemplo para el compromiso de acción social y evangelización que se ha hecho un rasgo definitivo de su joven pontificado.

Con el énfasis en la promoción de justicia y paz mundiales, el papa Francisco ha dejado en claro que la iglesia valora los esfuerzos humanitarios por aquellos que, como Rousseff, no se identifican a sí mismos como creyentes religiosos, y menos cristianos. Como lo dijo en una homilía del mes de mayo: “la posibilidad de hacer el bien es algo que todos tenemos, incluso los ateos”.

El papa Francisco favorece una atención rápida y directa a problemas sociales críticos, como la visita que hizo a la isla mediterránea del sur de nombre Lampedusa, el 8 de julio, que dijo fue inspirada por la muerte de inmigrantes africanos que se habían ahogado en un intento de alcanzar las playas europeas en semanas anteriores. El papa le llamó a esas muertes “una espina en el corazón” para él, y denunció la indiferencia de naciones más ricas ante tal sufrimiento.

Así, el movimiento de protesta que estalló en ciudades de Brasil el mes pasado, el que algunos observadores temían pudiera distraer de la visita papal, quizá venga a probarse como un preludio muy propio.

Sea que el papa Francisco mencione explícitamente o no las demostraciones populares, cuyo incentivo incluía el alto costo del pasaje de transporte, la corrupción del gobierno y gastos del erario público en eventos deportivos, en lugar de invertir en educación y servicios de salud, las palabras del papa resonarán seguramente con sus preocupaciones que más lo impulsan, especialmente cuando se dirija a los residentes de un barrio de miseria en Río, el 25 de julio y, dos días después, cuando hable ante personas a las que el Vaticano, dentro de su programa, se refiere como “clase dominante de Brasil”.

Dentro del itinerario del viaje del papa no habrá un evento más significativo que su peregrinación al santuario nacional de Nuestra Señora de Aparecida, que se verificará el 24 de julio. Para alguien tan devoto a la madre de Jesús, el santuario tiene especial importancia por su papel de ser el santuario mariano más importante de Brasil. El papa demostró su devoción a la madre de Jesús cuando empezó su primer día completo como papa con una visita a la basílica de Roma de Santa María la Mayor; y posteriormente les pidió a los obispos de Portugal que le dedicaran su pontificado a Nuestra Señora de Fátima.

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